Testimonios

CIC DIAMANTE / Pacientes Implantados

     Evaristo Drusini. 

    Estuvo 20 anos con sordera profunda
    Quería bailar, porque adora el tango. Pero no podía oír y decidió colocarse un implante coclear con 83 años de edad. Hoy, la rehabilitación es un éxito.

    Buenos Aires, Agosto de 2006. Se llama Evaristo Drusini, tiene dos hijos y seis nietos que lo acompañan en cada decisión. A los 62 años se le diagnosticó hipoacusia severa y profunda en ambos oídos. La comunicación familiar llegó a estar limitada a un lápiz y un papel. Hasta los audífonos más potentes, le habían dado pocos beneficios. Solucionar su perdida auditiva fue determinante.

    De López, provincia de Santa Fe, emprendieron la misión de viajar y conocer personalmente al Prof. Dr. Vicente Diamante quien dirige el Centro de Implantes Cocleares (CIC) en Bs. As. “En la bibliografía mundial hay un caso de hasta de 91 años, y en este caso, Evaristo Drusini es un hombre muy lúcido, muy decidido a vivir plenamente y tiene una familia que lo apoya fantásticamente.” afirma el Dr. Diamante, presidente de la Fundación de Otorrinolaringología y responsable de devolverle la audición a Don Evaristo y a más de 400 pacientes.

    El implante se hizo el 27 de Octubre de 2005, la Lic. Norma Pallares (máster en audiólogía) lo calibró y la profesora Gabriela Diamante está a cargo de la rehabilitación auditiva que, a casi un año de la intervención, es todo un éxito. “Nuestro trabajo, el de las estimuladoras auditivas, es fundamental en los resultados finales. Una buena cirugía, una buena calibración y una mala rehabilitación no dará los resultados esperados” asegura la hija del Dr. Vicente Diamante orgullosa de presentarnos el caso de Evaristo Drusini.

    Sofía Ruiz Díaz
    Tiene 19 años y vive en Concordia, Entre Ríos “Fue increíble poder escuchar el silencio” A los 14 años empezó a sentir zumbidos. Tonalidades graves como el viento y agudos como un timbre llegaban de repente y ya no pudo vivir sin ruidos. Cuatro años pasaron hasta que el diagnóstico llegó con la ayuda del Prof. Dr. Vicente Diamante. Tenía otoesclerosis, la causa más común de sordera en jóvenes y adultos. Buenos Aires, Octubre de 2006. Maria Rosa y Carlos no entendían que estaba sucediendo. Por momentos debían repetirle a su hija, como mínimo, dos veces lo que querían decirle. Quizá era un signo de la edad, de la rebeldía que asoma con la adolescencia. Por su parte Sofía, la protagonista de esta historia, siempre fue inquieta y en esos días se anotó en un curso de locución, allá en Concordia. Al tiempo, se dio cuenta que algo se complicaba y no lo podía manejar. Así descubrió que en realidad lo que pasaba era que no entendía los tonos que le indicaba su profesora. Insistente, sumaba a su vida clases de guitarra y otro síntoma no tardó en llegar: afinar su instrumento le llevaba más tiempo que al resto de sus amigos. “De vez en cuando sentía que se me tapaba el oído o me molestaban los ruidos, cualquiera sea. Siempre escuchaba ruidos: de mi corazón, de la respiración, pitidos. Cuando me agitaba era peor, porque escuchaba el sonido de todo mi cuerpo” recuerda Sofía, de aquellos tiempos. Definición La causa exacta de la otoesclerosis es desconocida. Se da con mayor frecuencia entre los 20 y los 50 años de edad y es dos veces más frecuentes en mujeres que en hombres. La persona más famosa con otoesclerosis fue Ludwing Van Beethoven, cuya sordera no le permitió oír sus últimas composiciones. El Prof. Dr. Vicente Diamante, médico otoneurocirujano y Presidente de la Fundación de Otorrinolaringología cuenta que “La otoesclerosis es una enfermedad que está relacionada con los tres huesos pequeños del oído medio, en particular del estribo. Una parte del hueso crece en forma anormal impidiendo que el estribo vibre normalmente en respuesta del sonido.” Diagnóstico Sofía y sus padres consultaron de inmediato. Siguieron un tratamiento, sin tener el diagnóstico preciso pero al tiempo surgía un nuevo síntoma. Sofía participaba de un coro y le costaba interpretar los tonos que el resto sacaba con facilidad. Nueva consulta, nuevo tratamiento y más dudas. Los médicos descartaban la otoesclerosis ya que se conocía en personas de mayor edad. Pero en una de las tantas interconsultas, la derivación al Dr. Diamante fue la última alternativa. “En las mujeres, la hipoacusia se manifiesta generalmente a partir de periodos de grandes modificaciones en la concentración de hormonas femeninas como ser la adolescencia, los embarazos, la menopausia.” Cuenta el Dr. Diamante, Director del Centro de Implantes Cocleares. Tratamiento “Las opciones no eran muchas. En el transcurso de 5 meses mi problema en el oído izquierdo aumentó” nos cuenta Sofía y agrega “El Doctor me dijo que debían operarme y yo no tuve miedo. ¡Quería escuchar música!” dice divertida y recordando otra anécdota “Muchas veces, por vergüenza, no pedía que me repitieran lo hablado por lo que me quedaba con dudas y era difícil mantener una charla conmigo”. En la mayoría de los casos de otoesclerosis, el método más efectivo para restaurar o mejorar la audición es el procedimiento quirúrgico llamado Estapedectomía. El Dr. Diamante explica “Este procedimiento quirúrgico consiste en el reemplazo del estribo inmovilizado por una prótesis, permitiendo que las vibraciones del sonido pasen nuevamente desde el tímpano hacia los líquidos del oído interno. Esta cirugía se hace con anestesia local o general con rayo láser de CO2”. La otoesclerosis es una enfermedad que no sólo puede bloquear el movimiento del estribo sino afectar al oído interno o cóclea agravándose la hipoacusia; en estos casos se preserva la estructura del nervio intacta. “Cuando la enfermedad ha avanzado y la pérdida de audición es máxima en ambos oídos el paciente puede ser evaluado para un implante coclear” afirma el Dr. Vicente Diamante, quien devolvió la audición a cerca de 500 pacientes con esta última técnica, pero aconseja que “Ante cualquier pérdida de audición, por más leve que sea, y sin tener en cuenta la causa, debe ser atendida rápidamente por un otólogo”. Beneficios “Fue increíble poder escuchar el silencio. Yo nunca pude estar sin ruido en los oídos. Poder estar en absoluta calma a la noche… Ahora escucho el cantar de los pájaros a lo lejos, la televisión a bajo volumen y sin tener que leer los labios, muchas cosas que para mí antes no existían” Sofía Ruiz Díaz podría seguir enumerando situaciones, pero suena su celular y lo atiende enseguida: es su novio que, como señal siempre presente de su destino, es músico.

     José Luis Iguain, desde Montreal, Canadá”

    “...llegué al implante luego de 20 años de sordera neurosensorial profunda. En ese tiempo, me las arreglé (mal por cierto) usando audífonos que, si bien no bastaban para discriminar palabras sin apelar a la lectura labial, me permitían percibir algunos ruidos. 
    Eso obviamente, era mejor que nada y por otra parte lo máximo que podía aspirar por esa vía.
    Fui implantado en forma bilateral el 5 de junio de 2000 y luego de las tres o cuatro calibraciones que me hicieron dentro de los siguientes tres meses llegué a un estado prácticamente estacionario en el que me siento muy cómodo y “oigo” muy bien. 
    Cómo me favoreció el implante y en qué? 
    Me favorece al permitirme oír!!!
    No creo que haya que agregar algo. 
    Antes no oía nada y ahora prácticamente todo. 
    Oigo música, radio, televisión, teatro, cine, conferencias, uso el teléfono...Y me sientotan cómodo con los implantes que ni me acuerdo que los tengo...hasta que se acaban las pilas, claro!

    Respecto de la pregunta de si no es lo mismo tener un solo implante, contesto decididamente NO! 
    Como no es lo mismo tener un solo ojo, o un solo brazo. 
    Oír por los dos oídos te permite localizar la fuente de sonido, discriminar sonidos “suaves” a un volumen crítico más bajo que con un oído solo, disminuir el disconfort en situaciones extremadamente ruidosas, seleccionar y concentrarse mejor en una voz cuando haymucha gente hablando a la vez, etcétera. 
    En fin, un bienestar que no se consigue cuando el oído que funciona es solo uno.
    Según la OMS, salud es el estado de completo bienestar físico, mental y social. 
    Para mejorar esos tres aspectos de la vida me sirven los implantes.
    Y no debe de haber muchas situaciones en las que una definición académica sirva para representar de manera tan justa una situación real.

    Doctor Angel M. Galizia

    “El 11 de diciembre se cumplió 1 año de la intervención quirúrgica a la que fui sometido para un implante coclear por el Profesor Doctor Vicente G. Diamante...Éxito rotundo. 
    Después de padecer durante décadas una grave pérdida de la audición bilateral (por esclerosis de las cócleas) en la actualidad estoy en condiciones de mantener un diálogo fluido. Me resulta posible hablar por teléfono (antes no oía el tono). 
    Oír los ruidos mínimos habituales –el agua de las canillas, el vip de losartefactos electrónicos, el canto de las aves y el sonido de los grillos en el campo, para llegar al máximo de mi alegría: ¡las voces de mis cuatropequeños nietos con los cuales ahora sí puedo conversar!
    Estaremos –incluyo a mi esposa, hijas y demás- eternamente agradecidos al Doctor Diamante y su equipo. La rehabilitación dirigida por la distinguida Licenciada Norma Pallares y sus colaboradoras, como la fonoaudióloga Karina Faneli que trabajó al máximo, excelente. 
    Lo mismo para el resto de las profesionales. 
    La aparatología implantada, de la mejor calidad.
    Para todos, muchas gracias"

    Damián 
    Tiene 34 años y su hipoacusia fue diagnosticada cuando tenía 2 años.
    El uso de audífonos lo ayudó hasta los 13 años pero luego desistió, 
    por los escasos beneficios que había obtenido con ellos. 
    Vivió en absoluto silencio hasta que a fines del 2005, decidió colocarse 
    un implante coclear. El momento clave fue haber escuchado la voz de mi hijo,ahí supe que había tomado la mejor decisión: implantarme”.
    Hoy es común verlo contestar su celular y llevar una vida social activa; 
    tanto es así que fue él mismo quien organizó y lideró un encuentro testimonial sobre implantes cocleares en su ciudad, Lincoln. Actualmente, el desafío de estos grupos es llevar su experiencia y orientación a distintos rincones del país para informar a familias, docentes y profesionales sobre la importancia del diagnóstico, del implante como opción, de la rehabilitación auditiva y de la asesoría legal y psicológica para el paciente y su entorno familiar. 

    Hernán Alfredo Spotti

    Explica su experiencia a la revista Avance Coclear

    La historia comienza a mis 13 años: una parotiditis hace de las suyas, y tuvo como consecuencia la pérdida auditiva del oído izquierdo. Hasta los 40 años me manejé perfectamente, sin dificultades, pero aparecieron los primeros síntomas de dificultad en el oído derecho.
    La pérdida de la audición fue paulatina hasta mayo de 1999, cuando la realidad de no oír más, a pesar de contar con audífonos de última generación, me planteó como camino para mejorar mi calidad de vida el implante coclear. 
    Mi diagnóstico era hipoacusia neurosensorial bilateral profunda.

    Esperé más de una ño entre la decisión de implantarme y e hecho quirúrgico. 
    Nunca perdí el optimismo, ni me aislé. Trabajé el último año como director de la Escuela Industrial Número 4, donde el acompañamiento de los jóvenes y colegas ha sido invalorable. Antes de operarme tuve tiempos de angustia y dudas, pero siempre mantuve la calma, tenía el convencimiento de que iba a superar la dificultad. Las expectativas de mi familia fueron las adecuadas, vivimos el tiempo de espera con ansiedad y mucha fe.


    No quise conocer los pasos de la cirugía, ante la insistencia respondía: 
    “Yo no voy a oír nada, ¡no me cuenten! La cirugía fue un éxito, el prestigio del doctor Vicente Diamante y su grupo de colaboradores me lo anunciaban. 
    El período posterior a la cirugía ha sido excelente, podría decirles que el mayor dolor ha sido el pinchazo de la anestesia. Transité por este período en familia, confiado, con la ansiedad de saber qué pasaría el día de la conexión y la primera calibración.


    Llegó el 28 de mayo, conexión, calibración y pregunta de la licenciada Norma Pallares: “Dígame, Spotti, ¿cuántos años hace que usted no escucha de ese oído?” “35 años”, respondí. “Ahora va a comenzar a escuchar”, me manifestó. 
    Pensé “¿y si no escucho?”, pero inmediatamente comenzó a ingresar el sonido. 
    Lloré y mucho. Mi adorable esposa que me acompañaba me llamó, fue maravilloso oír su voz otra vez. Pensé en nuestros hijos Ignacio y Estefanía que hacía mucho tiempo no escuchaba, y en muchas voces que no conocía.

    Después de la primera calibración, regresamos a nuestra ciudad, a 3.000 km de Buenos Aires: emocionantes los encuentros, escuchar, compartir, comunicarme mejor. Fui a la escuela a los cuatro días de conectado, cuando me vieron todos los jóvenes y docentes empezaron a aplaudir. Lloré otra vez, ese recibimiento me ponía frente al desafío de quedarme. Repuesto de la emoción, les manifesté que me quedaría a trabajar junto a ellos.

    He recuperado el placer por escuchar música, por compartir reuniones sociales, actividades culturales. En fin, podría decir que soy feliz nuevamente. 
    Cada calibración es una nueva carga de sonidos que recupero. 
    Recién llevo tres meses de conectado si quedo en este nivel de audición estaré más que agradecido: lo que venga son unos hermosos regalos.

    Mi gratitud al Dr. Vicente G. Diamante, Licenciada Norma Pallares, 
    Licenciada Ma. Celia Galián, y todos los integrantes de ORL. Al Dr. Pedro Díaz Mac Kern, por su guía y profesionalismo. A mi ex alumna, hoy mi fonoaudióloga, Sandra Domínguez por acompañarme a recorrer este nuevo camino. A mi esposa Martha y nuestros hijos Ignacio y Estefanía, que con bondad, comprensión y amor hicieron que hoy podamos regalar una sonrisa de alegría por estos nuevos tiempos. A todos y cada uno de los que me acompañaron a cruzar el río para descubrir lo que había en la otra orilla, ¡muchas gracias!


    Nota de la redacción: Hernán Spotti fue operado el 25 de abril de 2001.

    Leonardo Gulman

    (50 años) se reinventó a sí mismo varias veces a medida que iba perdiendo la audición. Tras recibirse de médico había elegido la neurocirugía como especialidad, pero con los primeros signos de hipoacusiase dio cuenta de que no iba a poder dirigir un equipo quirúrgico en esas condiciones. 
    El problema, le dijeron, era de causa autoinmune. “Una especialidad de mucho estrés como la neurocirugía, con un antecedente familiar importante de sordera, sumado a un terreno alérgico, más una infección o cualquier otro factor puede desencadenar este tipo de patología”, explica ahora, a los 50 años.

    Los médicos le advirtieron que era un cuadro progresivo que lo iba a llevar a la sordera total. Gulman cuenta que se deprimió, hizo el duelo y siguió adelante.

    –Busqué una especialidad menos crítica y me dediqué a la reumatología.
    En aquella época usaba un audífono, pero pronto vio que no era suficiente para atender a sus pacientes y debió cambiarlo por otro más potente. 
    Al poco tiempo otra vez no alcanzaba. Esta pérdida de audición avanzó a lo largo de diez años, hasta convertirse en sordera absoluta. Gulman volvió a deprimirse y dejó el consultorio, pero abrió entonces una nueva etapa: estudió informática médica y estableció un sitio en Internet de educación a distancia que se llama cursosparamedicos.com

    Al mismo tiempo aprendió lectura labial. Sin embargo, para él la comunicación empezó a pasar sobre todo por la palabra escrita: correo electrónico, chat y hasta el papel y el lápiz. Claro que no todo el mundo quiere tomarse el tiempo de escribir.

    –Para mí la sordera fue algo terrible, una incomunicación total –cuenta–. 
    No poder escuchar la risa de mis hijas... Estaba escondido, porque la sordera te lleva a aislarte. Era como estar en una pecera, aquí adentro (señala su oficina) me sentía bien, pero afuera era como si me ahogara. Dependía mucho de mi entorno familiar, sobre todo de mi esposa Claudia. No quería que me dejara solo en la calle.
    Leonardo recuerda que en las reuniones familiares con varias personas había asumido el rol “del que se ocupa de ver si falta café, si alguien quiere más comida...
    El resto hablaba y yo me quedaba afuera”. Lo que más odiaba era esa expresión que observaba repetirse en muchos. Cuando lo cuenta Gulman mueve la boca sin sonido, tal como él lo veía, y sus labios dibujan claramente una palabra: “¡pobre!”.

    –Yo no quería que me dijeran eso. Yo era sordo, no, ¡pobre!

    El año pasado Leonardo empezó a hacer consultas y estudios de cara a la operación.
    El día designado fue el último 20 de mayo.

    –Entré al quirófano contento –recuerda–. Tenía pensado acostarme, rezar y pensar en toda la gente que me acompañaba en ese momento. Pero sentí un pinchazo en el brazo y no tuve tiempo de nada: me quedé dormido enseguida.
    Encendido 
    “Un día totalmente inesperado y emocionante”, escribió Gabriel Garriga el 21 de abril, cuando activaron su implante. Había ido con su padre hasta el instituto, donde Norma Pallares, la especialista a cargo de la rehabilitación, fue calibrando uno a uno los electrodos. Entonces le avisó que iba a encenderlo.
    “Era otro mundo sonoro el que me llegaba, totalmente diferente al que recibo a través del audífono”, sostuvo. Todo llamaba su atención: la diferencia de timbre entre dos mujeres, la explosión de la x en la palabra exacto, su propia voz. 
    Ese día, Gabriel registró sonidos que nunca en su vida había oído: el click de la llave de luz, el cierre de su bragueta, el ffffsssshhhhh del agua fluyendo de un bidón, las palmadas del médico en su hombro. 
    También notó que su voz “salía monocorde, monótona, como dándole el mismo énfasis, el mismo tono a cada palabra”, mientras que los otros le daban “una entonación distinta según su estado de ánimo y lo que van expresando”. 
    Escribió en su diario que concluía ese día con un shock emocional, “ligado a la impresión psicológica de haberme descerebrado”.

    –¿Por qué descerebrado?
    –Es una sensación muy fuerte, como si a vos se te abriera la puerta y entrara un montón de agua que te saca de lugar. Para mí fueron tantos sonidos que sobrepasaron la capacidad de procesar.
    Lo dice en medio de una confitería ruidosa, donde logra sortear la televisión encendida y el ruido de tazas y voces para oír y hacerse entender. 
    Pero ya pasaron tres meses del día del encendido y Gabriel trabajó arduamente con los especialistas, tanto en la calibración de los electrodos como en los matices de los sonidos, para avanzar en su comprensión. Insiste una y otra vez y quiere que quede claro: “Esto no es magia, es un aprendizaje”. 
    De la rehabilitación tras el implante coclear depende buena partede su éxito. 
    Según sus propios médicos, en estos tres meses Gabriel avanzó a pasos de gigante: logró lo que a otros les lleva un año. Incluso pudo mantener conversaciones telefónicas con personas conocidas, una meta nada fácil.
    En este tiempo empezó a sentir que todo cambiaba. Oír no sólo significó entender las palabras, sino mucho más: entender de una forma diferente a los otros, pararse de otra manera ante el mundo.
    –Me doy cuenta de que hay modos de decir, que los modos de hablar son muy importantes. Antes mi voz era muy dura y fuerte, muy cortante. 
    Ahora es más pausada, más suave y agradable. Eso permite que la gente se abra. 
    También cambió mucho mi relación con los compañeros de trabajo. 
    Antes había mucho de lo que yo no me enteraba, ahora tengo más información. Y me doy cuenta, por ejemplo, cuando alguien tiene bronca.

    Pero esos descubrimientos fueron teniendo lugar de a poco. Un día le sorprendió encontrar frustración en la voz de un amigo. Otra noche, en que su padre estaba de mal humor, sintió que hablaba “de un modo que me perforaba por dentro”. 
    “Todo eso –sostiene– me causa una sensación de ruptura interna de percepciones, pensamientos, visiones que antes eran más basadas en lo ‘blanco y negro’ hacia algo más rico, variado, completo... es un proceso todavía en elaboración, es un despertar que me hace sentir más vivo.”

    También descubrió que los tonos pueden decir lo contrario que las palabras.
    –Un día llamé a una amiga y bromeé con ella –cuenta–. Le sugerí hacer algo y me respondió “bueno” (usa un tono cortante, privado de todo entusiasmo). 
    Por el tono, estaba diciendo que no. Entonces dejé de llamar, ese “bueno” me transmitió todo. 
    Pero un sordo no se da cuenta de eso.

    El diario de Gabriel registra día a día este vendaval de emociones que lo envuelven. 
    Como en un velero, escribió. 
    “Siento que me subí a un velero y estoy navegando sin cartas de navegación, ni brújula, ni tener idea de la ubicación de los puertos... simplemente me dejo llevar por el viento a donde me lleve. Creo que es la mejor manera de avanzar.”

    –¿Me escuchás Leonardo? –dijo Norma después de encender los electrodos.
    Y sí, Leonardo la escuchó. Y su mujer, Claudia, lloraba. Fue el 18 de junio y desde entonces cambió todo. Al haber sido oyente buena parte de su vida, la rehabilitación de Leonardo es mucho más rápida que la de Gabriel. 
    No tiene que aprender los sonidos, sino volver a habituarse a ellos.

    El primer día, sin embargo, las voces le parecieron todas iguales, “metálicas, como de dibujitos animados: no notaba tonalidades”. Pero se sentía eufórico. 
    “Norma me contó algo que le sucedía y yo le entendí todo, palabra por palabra. 
    Era fantástico. Mi incomunicación había terminado.”Ese mismo día fue a tomar un café con su mujer. El mozo se acercó y dirigiéndose a él preguntó: 
    “¿Qué van a tomar?”. 
    Leonardo cuenta que lo oyó perfectamente y que por primera vez en muchos años no esperó que Claudia contestara: lo hizo él.

    –Dos capuchinos –dijo, y se sintió feliz.
    Después vendrían las conversaciones por teléfono en las que oyó llorar a su familia y el registro de sonidos nuevos, como la desconocida alarma de su reloj. 
    Al tercer día desde la oficina marcó el número de su casa. 
    Atendió su hija de doce años: era la primera vez en su vida que hablaba con ella por teléfono.

    –Me contó que estaba estudiando y dijo que sabía que lo más importante era que estábamos hablando por teléfono.
    Leonardo ya decidió volver a atender pacientes, en unas pocas semanas más. 
    También habla de los que siguen para el implante.

    –Hay un montón de gente que viene atrás, que se quiere implantar. 
    Hay que ayudarlos. 
    Es como un barco, vos naufragaste pero te salvaste, llegaste a la balsa. 
    Entonces te das vuelta y ayudás a los que llegan allá. 
    Yo ahora estoy en contacto por e-mail con una chica de 30 años que se quedó sorda y está por ser implantada. 
    A ella le contó, pocas horas después del “encendido”, que las voces se oían metálicas y que “incluso al caminar mis pasos sonaban como los de Astroboy”. 
    Pero ya al segundo día empezó a percibir nuevos matices. 
    “Algo estaba cambiando, algo se estaba despertando: mi área cerebral auditiva.” 
    Esa tarde con las fonoaudiólogas registró sus avances en el instituto.

    –De ahí –escribió en el e-mail–, salí como Leo recargado y no como Astroboy. 
    En realidad, me sentía como Terminator 3: I’m back.



    Gabriel

    El primer día en que oyó, hace tres meses, Gabriel Garriga pensó que la letra ese sonaba como el silbido del viento. Lo sorprendió el ruido del gas al destapar una gaseosa y el del cierre relámpago deslizándose en su pantalón. 
    Gabriel sintió que ese día se abría ante él algo nuevo, un universo de sonidos desconocidos. Para Leonardo Gulman, en cambio, fue un reencuentro después de años de silencio. El 18 de junio, el día en que volvió a oír, llamó por teléfono a familiares y amigos y los escuchó sorprenderse y llorar al otro lado de la línea. 
    Ambos se sometieron este año a una operación para recibir un implante coclear, un dispositivo que permite a algunas personas sordas de nacimiento, como Gabriel, o a quienes perdieron totalmente la audición, como Leonardo, despertar al mundo del sonido. Aquí los dos cuentan los detalles de una experiencia sin igual.
    El diario personal de Gabriel Garriga no deja de circular. Alguien subió una parte a Internet y otros se pasan fragmentos por correo electrónico. 
    Son muchos los que quieren saber, los que sueñan –y también temen– la operación. 
    A esos miedos, propios y ajenos, se enfrentó Garriga cuando empezó a considerar la posibilidad de ser implantado. Sordo de nacimiento debido a que su madre tuvo rubéola durante el embarazo, aprendió a leer los labios y a hablar en la Escuela Oral Modelo, donde cursó la primaria. Utilizaba un audífono que le daba acceso a un nivel de sonido muy básico, que no permitía diferenciar matices ni palabras. Nunca habló por señas. El secundario lo hizo en el Colegio Juan XXIII y luego estudió Sistemas: hoy tiene 37 años y trabaja en IBM haciendo desarrollo de software.

    –Hay sordos que se relacionan sólo entre sordos, que forman una comunidad cerrada –dice–. Yo lo respeto, pero no me siento identificado. Lo que me apena es que mucha gente por enfrascarse en un debate sobre si es mejor el lenguaje gestual o el oral se olvida de los adelantos científicos.

    El más espectacular de esos adelantos es, sin duda, el implante coclear. 
    Consiste, básicamente, en una serie de electrodos implantados en la cóclea (oído interno). El sonido es recibido por un procesador de habla externo que posee un micrófono y transmitido como ondas electromagnéticas al implante. 
    Luego los electrodos lo convierten en impulsos eléctricos que son enviados al cerebro. 
    Aunque la operación se realizó por primera vez hace unos quince años, en los últimos tiempos la técnica se perfeccionó mucho, a la vez que se redujo el dispositivo externo del paciente. 
    Todo eso llevó a muchas personas con hipoacusia a interesarse en ser implantados.
    Gabriel encontró, sin embargo, que entre muchos sordos había “mala onda” con la cirugía. Le hablaron de una pérdida de su identidad debido a la operación, le contaron falsas historias de implantados que habían tenido malas experiencias e incluso alguien le envió un macabro poema titulado: “Sordo a la coclera”. 
    El cree que estas reacciones no son más que miedo.

    –Hasta me dijeron que me iban a deformar la cara. Yo les contestaba que sólo se te va a deformar la cara si te operás con el doctor Cureta –se ríe.

    El investigó, conoció chicos implantados y felices, se entrevistó con cuatro cirujanos y finalmente decidió operarse en el Centro de Implantes Cocleares Profesor Diamante. 
    A las 9.30 del 18 de marzo entró al quirófano. “Instantes antes de dormirme –escribió después en su diario– tuve un sentimiento muy fuerte de que se cerraba un capítulo en mi vida.”